Esto aterra

Por: José Luis Taveras

Este nuevo año despuntó como el filo de un puñal ensangrentado: con cinco mujeres asesinadas por sus parejas. No me gusta teorizar sobre tragedias; me basta con el tormento que ellas provocan. La sangre habló de forma soberana, como para que entendiéramos de una buena vez sus designios. Cinco vidas entretejidas por el mismo destino nos condujeron al justo lugar donde hemos llegado. Ahora indignados, armados de ira y cuchillo en mano salimos a buscar culpables, esos que como fantasmas se esconden entre las breñas de nuestras propias apatías.

Esas mujeres intentaron construir sus vidas sobre los escombros de una sociedad malograda. Ahora engrosan las estadísticas de la impotencia. Apenas son espejos rotos donde se miran tantos jóvenes de nuestros barrios, residuos de una sociedad infame que los seduce con aquello que les niega, haciéndoles pagar con su propia vida las baratas concesiones por las que se entregan. Esas muertes son eructos de un sistema atroz de violencia, exclusión y abuso.

¿Que está pasando en los hogares? ¿Qué estamos criando? ¿Dónde estamos sembrando para merecer esta cosecha? Son algunas de las preguntas que se apilan confusamente en nuestra inconsciencia. Esos hombres vinieron deformes. Es casi seguro que fueron niños y adolescentes marcados, víctimas de los mismos patrones que ahora reproducen. Y es justo en esas edades cuando la sociedad y el Estado deben trabajar tempranamente, creando condiciones, ambientes y oportunidades de atención y cuidado.

Me aflige pensar que la niñez se acorta cada día; que la pubertad es probada con experiencias inconfesablemente adultas y que la maternidad, más que una gracia deseada, es el costo de una adolescencia errante e inmadura. Las cifras hablan: la República Dominicana es el quinto país de América Latina y el primero del Caribe en fecundidad precoz de adolescentes. Una de cada cinco entre 15 y 19 años ha tenido hijo o ha estado embarazada. Y ni hablar del batallón de madres solteras que tienen que fragmentar sus vidas en cientos de pedazos para poder proveer una crianza insegura.

La adolescencia dejó de ser una etapa primaveral iluminada de sueños y descubrimientos; es un trance crudo flagelado por una moral adulta embustera que le reclama pureza sexual cuando a través del mercado proclama la vida fácil, el lujo y el sexo libre; cuando los responsables del ejemplo son justamente los victimarios; cuando como padres exigimos lo que no damos; cuando los medios y las redes suplantan la “formación” en hogares de quiebras o ausencias; cuando la vida familiar es solo un techo compartido o una facha para guardar las apariencias sociales.

Esa avalancha de provocación aplasta mentalidades frágiles con poca o ninguna madurez para discernir sanamente y sin la cercanía o el ejemplo de un papá que oriente, apoye y ame. Así, los adolescentes de nuestros arrabales abandonan, sin contrapesos ni contenciones, los caminos correctos detrás de espejismos engañosos y frívolos. Es aquí donde el éxito material y la ostentación de una sociedad de consumo se enaltecen como paradigma de los tiempos, desplazando la realización dilatada, esforzada y meritoria. Justo en ese escenario y momento es que el Estado debe actuar creando o manteniendo espacios y oportunidades de estudios, trabajo, deporte o esparcimiento. Pero qué hacer con casi medio millón de jóvenes que ni estudian ni trabajan.

La República Dominicana ocupa igualmente el quinto lugar en porcentaje de adolescentes que afirman haber tenido sexo con un hombre al menos diez años mayor que ellas. ¿Qué esperar cuando el “novio” de la hija adolescente muchas veces es un don adinerado y casado de la edad de su padre? Una menor pobre es una condición apetecida por una piara de machotes alentados por una cultura permisiva y de dobleces morales. Esos son los que les reclaman a sus hijas un proceder ejemplar mientras se llevan dos o tres adolescentes a las cabañas; bufones que se atreven a matar por la misma moral familiar de la que reniegan.

No busquemos peores culpables: son víctimas de nuestras ausencias. Nos hemos arrinconado en las comodidades levantando castillos en la selva. Vivimos como una pila de gente temerosa y abstraída, cada vez más lejos de lo que creemos ser, como si fuera posible edificar un proyecto de vida de espaldas al drama colectivo que tapamos, ese que amenaza con detonar mientras durmamos la siesta de nuestras complacencias. Lo siento, pero involucrarnos dejó de ser elección: es obligación. Se trata de salvar nuestra quebradiza conservación como sociedad de futuro. Les hemos dejado a otros decidir por nosotros y ya el sol se pone sobre nuestra tarda respuesta. Esto aterra.

Publicado en Diario Libre

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