En defensa de las bocinas pagadas

Por: Alfredo Freites

Una extensa explicación me llega en estos días de quien se identifica como bocina pagada y lo dice con mucho orgullo. Su firma tiene matiz de seudónimo o burla, pero contiene verdades que cualquiera hace suya. Tomaré algunas ideas.

Tomaré algunas ideas de los argumentos que me enviaron. No suelo criticar a mis colegas porque dicen que los bomberos no se pisan las mangueras.

Omito hablar sobre mis colegas porque cada uno es dueño de lo que dice o hace y sé que los ángeles están en el cielo. Mucha gente critica a las bocinas pagadas sin detenerse un momento a pensar en las causas de su existencia. Cada persona elige su camino. A quienes denominan bocina es un ente reproductor de mensajes pagados. El que paga es tan o más responsable que el intermediario.

Los voceros gubernamentales son un fenómeno natural como el tsunami tras el temblor. Los que ahora apoyan a Danilo y su gobierno están prestos a voltear el pandero durante la campaña electoral o en la transición.

Así lo hemos vivido.

Se acusa a muchos comunicadores de vender su conciencia, pero ser vocero pagado no es ser periodista, y por venderse no se pierde la profesión.

Quizá se opaque la reputación.

Pero hay los que solapan su vocinazgo y pasan por independientes.

Los bajos salarios en los medios informativos y el desamparo que llega con la madurez arrojan a los periodistas veteranos en los brazos del dinero por encargo. Las dificultades económicas derivadas de la falta de empleo para los veteranos; la inexistencia de pensiones o seguridad social; el afán de fi gurear; la vocación de comunicar; el laborantismo sin estilo o el apego a una causa, son variables a tomar en cuenta.

Uno de mis colegas me soltó un ramplimazo: “Los opuestos a la corrupción se llaman envidiosos, quien tiene oportunidad de montarse lo hace sin sonrojarse”. En alguna medida “todos” pecamos. Hasta el “buen ladrón” engatusó a Cristo.

Empresarios y curas; soldados de alto rango y peloteros millonarios; cantantes de fama y abogados de renombre, así como profesionales de toda laya se rinden al poder y fuerza de sus recursos. Así como cada uno tiene su corrupto favorito, ocurre con los comunicadores y disfrutamos las bocinas que no suenan, sino que escriben. Las bocinas en su mayoría dan la cara. Hay gente muy seria que los critican, pero difunde lo que dice Quirino.