El día que unos policías salvaron la democracia

Por: Valentín Medrano Peña

La literatura de novelas de índole detectivesca se nutre de casos reales investigados por agentes policiales reales, a los que se enriquece con figuras e ingenio para hacerlas más atractivas al público. Y así nacieron bestsellers leídos por millones y se hicieron famosas, reconocidas y honradas a nivel de todo el orbe terráqueo, figuras del género como Arthur Conan Doyle (Sherlock Holmes) Agatha Christie (Hércules Poirot), G. K. Chesterton (Padre Brown), entre otros.

Las también llamadas novelas policiacas, fueron las películas ayudadas por la imaginación más populares, las más vendidas y leídas, antes de que Hollywood invadiera con el séptimo arte excluyendo la necesidad de leer para recibir el mensaje de los relatos. Parece que leer no es tan grato para muchos que siguen exigiendo textos más cortos y mensajes menos maquillados, con ello y en ello el aniquilamiento de la literatura.

Los novelistas policiacos hicieron fama con la obra previa de los agentes policiales, quienes recibían como recompensa el reconocimiento público y el respeto de sus conciudadanos a causa de sus afanes, riesgos y denuedo.

Hay por igual un acontecimiento histórico importante, coincidente con la época del auge de las novelas policiacas, y que dio inicio a la Primera Guerra Mundial, el asesinato del Archiduque de Austria Francisco Fernando, ocurrido en Sarajevo el 28 de Junio del 1914, el cual precipitó la declaración de guerra del imperio austro húngaro contra Servía, lo que a su vez desencadenó la Primera Guerra Mundial.

La muerte de un solo hombre dentro de un determinado caldo de cultivo puede y pudo ser el detonante de conflagraciones bélicas que cambiaron el curso de la historia.

En nuestro país los meses finales del año 2017 eran muy convulsos, la tensión política recrudecía en toda la región latinoamericana, el escandaloso tema del soborno de la empresa multinacional Odebrecht en países de todo el mundo ocupaba las principales noticias y crearon un ambiente de inestabilidad en la región y el país.

La presión se ejercía desde todos los litorales, el gobierno dominicano surcaba su peor crisis y una de las más grandes de la historia. Parecía que la tradicional silla de alfileres había sido sustituida por un barril de dinamita próximo a artefactos incendiarios.

Y en ese estadio situacional se produjo la violenta muerta del abogado y catedrático universitario Yuniol Ramírez, un crítico protagónico en contra de presuntos actos de corrupción desde el gobierno y un pugnaz contrario político del gobierno de turno.

Su muerte horrible pronto alertó a todos sobre la fragilidad de la vida institucional y democrática, que solo requería de la confirmación de lo que muchos sospechaban para que una democracia de más de cuarenta años zozobrara hasta desaparecer. Otro crimen de Estado, se presumía, otro Orlando o Nacisazo, que en la situación de momento harían colapsar la vida como la conocíamos.

AQUÍ COMIENZA LA NOVELA POLICIACA CON BASE EN LA VERDAD.

El General Pablo Pujols llegó a su oficina alborotado, lo que era infrecuente en él. Al abrir la puerta del ante despacho todos los ocupantes del mismo se pusieron de pies y llevaron sus manos a la altura de de las cejas, en saludo militar. Eran cuatro personas en total, una dama entre ellos que se encontraba tras un escritorio, ésta era alta y de una agilidad atlética, y siguió al General en su curso a su oficina adelantándose a éste para abrir la puerta de acceso. Todo pareció un acto ensayado pues denotó cierta perfección.

Al entrar a la oficina el General no se sentó de inmediato, se quedó parado unos segundos con la mirada hacia el cuadro que daba a la puerta por donde entró, no lo contemplaba siquiera, su mirada estaba perdida, sumido en un único pensamiento; la herida que la noticia ocasionaría al país. Pensó en la democracia y sus bonanzas, y miró a la izquierda a la pared apostada frente a su escritorio, tres cuadros bien dispuestos de los padres de la patria y pensó en su sacrificio para darnos una independencia, y el sacrificio que todos les debíamos para mantener su legado. Sus pensamientos luego devinieron en variados y se agolpaban en ráfagas fugases.

La señora que le abrió la puerta aún permanecía en posición firme al lado de la misma e interrumpió al General Pujols en sus pensamientos diciendo: -“Ordene comando”-, no bien había terminado la frase cuando recibía instrucciones del General: -“llama a Tamarez y dile que venga, al Coronel Jiménez Féliz, al Coronel Joselito Alonzo, a Salustiano Tineo, a Pérez y a Arias que se apersonen de inmediato. Pon al tanto al Coronel Durán Mejia, y pídeme un café”.- se tomó un pequeño tiempo para seguir diciendo: -“va a ser una noche de más de 30 horas”-. Las últimas palabras salieron en la nota más grave que podría conseguir.

La noticia para los demás era apenas un rumor no confirmado, Yuniol Ramírez el otrora precandidato a Senador de San Juan había sido asesinado, y el General Pujols sabía lo que eso significaba. Nunca se apresuraba a asumir hipótesis y siempre procuraba partir de un indicio serio para iniciar su periplo investigativo.

Minutos después todos los convocados entraron en conjunto a la oficina del General. Parecía que se habían reunido antes en el antedespacho y esperaron a estar completos para pasar. Saludaron militarmente y se apostaron alrededor del escritorio detrás del cual yacía sentado el General Pujols. Ninguno hizo el intento de sentarse, y en eso hizo entrada el vocero policial Coronel Frank Felix Mejia, quien se inmediato abordó al General diciendo: “Ordene mi General”.

El general estaba leyendo unos papeles, aún no levantaba la cabeza para verles, tenia asido por la pata derecha unos lentes que le servían para leer como en actitud de retirarlos, lo que hizo al tiempo de levantar la mirada y posarla en el grupo que estaba a su frente. -“Ha ocurrido un hecho horrible, dijo, el dirigente político de la oposición y abogado Yuniol Ramírez ha sido asesinado, el país necesita una solución creíble y rápida, que no deje dudas. He recibido instrucciones del Director General y este del Procurador General de la República y del señor Presidente de dar una respuesta a este acontecimiento. No hay descanso”-, y al decir esto fue retirando los lentes de su cara que había vuelto a poner inconscientemente. -“creo que no hay que abundar sobre la importancia que esto reviste, continuó diciendo, la última vez que fue visto vivo fue en la Universidad. Jiménez, Joselito y Tamarez vayan allá y recojan todas las informaciones posibles, revisen las cámaras del sector y denme un punto de partida”-.

Los Tres mencionados saludaron militarmente nueva vez, produciendo el Mayor Isaias Tamarez un choque sonoro de tacones, saliendo luego los tres del lugar uno tras otro a pasos nada acompasados. Tras ellos salió el Coronel Durán Mejia luego de pedir autorización para ello.

Cuando ya no eran visibles para el General este dijo: -“Tamarez”. Respondiendo este de inmediato: -“Señor?”-, continuando el General prácticamente sin pausar diciendo, -“mantenme informado paso a paso”-. -“A la orden señor”-, respondió Tamarez al tiempo que se cerraba una puerta y cesó el sonido de las pisadas de los que salían.

El General quedó en silencio. Aún permanecían en su oficina rectangular de unos 25 metros cuadrados, tres oficiales que aún estaban parados. El General de trato cortés que desentonaba con la voz grave y potente que poseía les dijo: -“Perdonen mis modales, tomen asiento”-. En esto se dibujó en su rostro una onda preocupación, en tanto decía: -“Tineo tú te vas a encargar de poner rápidos a todos”-. Sólo él hablaba y los demás iban asintiendo con sus cabezas y sentándose en las sillas más próximas al lugar que ocupaban. Detrás del General una foto del Presidente Danilo Medina con la banda presidencial parecía entender lo crucial del momento, por su tono de sincera atención. -“Arias y Pérez, continuó el General, quiero una inmersión discreta en la universidad, saber qué se dice entre los grupos y colegas del occiso”-.

Hablaba a los oficiales cuando la secretaria entró trayendo consigo una bandeja con 7 tasas con café, -“se fueron algunos”-, dijo sin recibir respuestas ni impedir que el discurso del General continuara. Sirvió a cada uno el café poniendo las tasas y su platillo frente a ellos encima del escritorio. Nadie tomó el café de inmediato y ella se disponía a salir cuando sonó el teléfono. El sonido si logró detener el discurso del general. La señora tomó el teléfono del escritorio del General y al oír a quién llamaba dijo: -“Jefe le llama el señor Director General, y así era, el Director General de la Policia, Ney Aldrin Bautista llamaba en conferencia con el Procurador General de la República Dr. Jean Alain Rodríguez. Estos dijeron al General lo que ya sabía, la urgencia en dar con la solución del ilícito.

Mientras oía las instrucciones el General se puso de pie. Era un hombre muy alto, al estilo de jugador de la posición cuatro de Basketball, delgado y sin barba ni bigote, bien pelado y con un erguido tan recto que parecía operado de la espalda. Lucia muy atento al teléfono y su vista ahora estaba fijada en la foto de su nieto dispuesta en una repisa debajo de los cuadros de los patricios que le quedaba de frente. Aún cuando escuchaba atento, por una décima de segundos divagó sobre lo mucho que amaba a su nieto, y de pronto de nuevo estaba muy atento y despierto. Mientras oía, hizo una señal a los oficiales presentes para que fueran a atender los asuntos ya dictados. Estos comprendieron y asintieron y salieron de la oficina sin siquiera probar el café.

La secretaría otra vez de vuelta en su escritorio no podía escuchar lo que se decía en el teléfono. La puerta de la oficina del General estaba abierta aún, y escuchó cuando este dijo: -“Tenga por seguro magistrado que entendemos esta prioridad y daremos con los culpables, como usted dice, caiga quien caiga”-. No volvió a decir nada por unos minutos hasta que previo a colgar el teléfono dijo: -“Si señor, adiós”-. El general dejó caer todo su cuerpo en la silla posada tras él, llevó ambas manos a su cara y luego tomó su café de una sola vez y luego dos de los que dejaron los oficiales que partieron. Echó para atrás todo el espaldar del asiento y se sumió en la más profunda cavilación respecto al tema pendiente.

Los investigadores obtuvieron un video de un vehículo saliendo de la universidad a la hora de la desaparición, la cual dedujeron del hecho de que el profesor había salido de una aula a conversar con unas personas pero no regresó. Este vehículo fue identificado y su registro indagado y se determinó que era propiedad de la Oficina de Servicios de Transporte. Allí se supo a quien estaba asignado y quién lo tenía a la hora del rapto del profesor. Dieron con los homicidas y cerraron el caso apresándolos y sometiéndolos a la justicia en menos de 48 horas

La investigación fue un éxito y se pudo descartar el crimen de estado como móvil. La entonces frágil democracia fue salvada por unos gendarmes, un pequeño grupo de policías que desenmarañaron un crimen en tiempo récord. Un poco más de tiempo sin saber la verdad y las consecuencias hubieran sido catastróficas.

Quizá la muerte de Yuniol Ramírez, si hubiera perdurado sumida en un manto de desconocimiento e incertidumbre, habría sido el detonante de la muerte de la democracia, o al menos de una fuerte herida a la misma. Esto es quizá un poco especular y extremar, pero quizá previo al asesinato del Archiduque de Austria nadie hubiera apostado a que ese solo hecho devendría en una Guerra Mundial.

Sabemos que son tiempos en que hasta para hacer proselitismo resulta gracioso atacar a la policia, también que esta institución tiene sus debilidades, pero antes de insultar al grueso de ese cuerpo, es bueno saber que no en pocas ocasiones han salvado el día, y han salvado las cimientes en que se sostiene nuestra democracia.