El peso de ser empresario

Por: Celso Marranzini 

Hace unos días circuló un artículo muy interesante, escrito por Enrique Quemada en el periódico Expansión de España, que tituló “Todos los santos empresarios”, de fecha 1 de noviembre, Día de Todos los Santos.
Decía el articulista “alguno se escandalizará, pues en este país (España) hay quienes quieren crear la imagen del empresario como una persona que explota a los demás, pero en la inmensa mayoría de los empresarios que conozco la realidad es muy distinta”.

Refiere algo que todos sabemos, que crear una empresa requiere de sueño, pasión, audacia y que como he dicho muchas veces, la propensión a que un negocio no llegue a los tres años es inmensa. Sólo hace unos días leía sobre empresas emblemáticas en Estados Unidos que han desaparecido o han tenido que cerrar muchas de sus sucursales.

La famosa marca GAP de ropa; cadenas como Victoria’s Secret, Sears, Lowes, hasta el popular café Starbucks se han visto en la necesidad de cerrar muchas de sus sucursales. Nosotros no escapamos tampoco de haber visto desaparecer marcas emblemáticas como las cámaras fotográficas Kodak, las gomas de mascar Double Bubble. ¿Pensaríamos que los empresarios que desarrollaron estas empresas querían que las mismas desaparecieran?

Como bien dice Quemada, sólo vemos a los que llegan, a esos, incluso, los insultamos. El que se atreve a escribir en las redes no es raro que algún frustrado los clasifique con palabras impublicables sin saber las noches de insomnio, cuánto le debe al banco y que posiblemente tenga hipotecada hasta su casa para hacer sobrevivir su empresa.

Nunca olvido cuando la crisis bancaria del 2003, uno de mis gerentes y buen amigo cerca del fin de mes entra a mi oficina y me dice “Celso yo soy más feliz que tu”. Mi respuesta fue, no lo dudo, ¿pero, por qué lo dices? a lo que contestó: “el país se está cayendo, tú tienes que buscar el sueldo de todos nosotros que cobramos los treinta y nos vamos tranquilos sin deber nada a los bancos a nuestras casas y tu posiblemente no duermes”. Cuánta razón tenía.

Se piensa que lo único que hace un empresario es ganar dinero, lo cual no siempre es así y ojalá que lo fuera, porque de esa forma podrá generar más empleos, que muchas veces se critica el nivel de salarios sin tomar en cuenta las limitaciones que impiden que el mismo sea mayor.

La ausencia de servicios de calidad, un transporte caro, necesidad de seguridad adicional, costos de transporte, competencia desleal de productos que llegan violando las normas aduanales o la de impuestos sobre la renta que afectan el negocio formal.

Contra los niveles de salario, otro factor que pocos toman en cuentan es la mano de obra ilegal. Ya no sólo la haitiana, que afecta los salarios más bajos y que son contratados no sólo por el sector privado sino por el propio gobierno, violando ambos las leyes que limitan la contratación de extranjeros. Ahora también está la mano de obra venezolana, que compite con la clase media y como no tenemos una política de migración, esta deprime salarios y desplaza dominicanos.

Olvidamos muchas veces que vivimos en una isla, lo que obliga al empresario a tener niveles de inventario mayores, que cuesta dinero.

Enrique Quemada al referirse a las empresas españolas dice que estas tendrán que luchar contra gigantes con economías de escalas muy superiores a la de ese gran país europeo. Yo me pregunto: ¿Qué nos queda a los empresarios dominicanos, que apenas vivimos en 48,000 kms2, tenemos uno de los peores índices de educación e investigaciones en tecnología muy limitadas?

Nuestras empresas tienen que pagar desde su arranque un uno por ciento sobre los activos, pagar el impuesto a los cheques y deben pagar uno de los costos de seguridad social más elevados de la región.

Nuestro comercio, a pesar de que el control de adunas ha mejorado sensiblemente, se ven severamente afectados con la importación de tanques llenos de todo, de pacas y de una exención muy utilizada, que exonera hasta 200 dólares cualquier importación.

Nuestros comercios en las plazas comerciales pagan, alquiler, mantenimiento, treinta y ocho por ciento entre aranceles e ITBIS y son el espacio ideal para hacer ejercicios, para reunirse con amigos, pasear con la familia y esto gracias al aire acondicionado y la seguridad que pagamos, incluso estoy seguro los mismos que tuitean y critican al empresario olvidan que esa comodidad se les brinda sin costo alguno.

Dice Enrique Quemada que los empresarios “en la soledad de la noche preocupados todo el fin de semana, las vacaciones no son vacaciones, los clientes que te pagan a 200 días (pero ya han pagado el ITBIS, otro costo financiero para la empresa), preocupándose de todo lo que le rodean con una sonrisa y mucho más allá, financiando y trabajando en causas que mejoren la calidad de vida no sólo de sus empleados”.

Me imagino que estaría pensando en Instituciones como los Ciegos, Caminantes por la Vida, Mujeres que Cambian el Mundo, Sur Futuro, Educa, Rehabilitación, Hábitat, Quiéreme como Soy, los aportes incontables de la banca a estas y a miles de iniciativas, Fundación ProPagas, Brugal Cree en su Gente, Premio de la Fundación Corripio y miles que se me escapan de la memoria y por lo que pido excusas.

Termina Quemada: “como en todas las profesiones hay gente de todo tipo, pero creo personalmente que hay muchos empresarios a los que habría que hacerle una estatua, por cómo han dejado la piel por lo que les rodean y más de uno ponerle un altar”.

El empresario mira hacia las próximas generaciones, no hacia las elecciones y mientras tiene que preocuparse por cómo invierte sus recursos para poder no sólo crecer, para sobrevivir, mira a su alrededor donde se gastan recursos que, en un futuro cercano sin haberlos gastado, tendrá que pagarlos en impuestos que harán más difícil su crecimiento y mejorar las condiciones de los que le rodean y le preocupan.

Un país crece y se desarrolla cuando los sectores públicos y privados van de la mano buscando las mejores prácticas para reducir la pobreza, esa desigualdad que lacera y que todos debemos ser agentes de cambio no para los próximos cuatro años sino para los miles por venir.

 

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