¡Abogados degradados!

Por: Guido Gómez Mazara

La red de corrupción retrató los niveles de descomposición del Ministerio Público peruano cuando el presidente de la Corte Constitucional del Callao, Walter Ríos, y el juez de la Corte Superior, César Hinostroza, se asociaron a una red de ilegalidades sin precedentes, degradando la institucionalidad y afectando el sector justicia.

Así, la presión de toda la sociedad impulsó un movimiento cívico que terminó sacando de circulación a la cabeza del poder judicial, Duberlí Rodríguez, y al ministro de justicia, Salvador Heusi. La impugnación ética funcionó porque los parámetros establecidos y la madurez de la población estructuraron un juicio de carácter social fuera de los tribunales con la respectiva sanción, desde la misma observación ciudadana.

El escándalo que derrumbó la FIFA comenzó con descubrir al talentoso jurista Aaron Davidson y sus estilos de vida estridentes, en el corazón de Brickell Key.

Un joven judío-costarricense con destrezas para los idiomas pasó de coordinador de marketing a jefe de la junta de la liga de fútbol y, desde allí, orquestó un plan de sobornos ascendente a 150 millones de dólares. Otra muestra de “habilidad”: los abogados Fonseca Mora y su socio Jurquen Mossack hicieron en Panamá un tinglado de piruetas financieras caracterizadas por sociedades off-shore, siempre listas, para ocultar el dinero sucio de políticos, artistas y gente “bien”, sedienta de evadir el fisco en sus respectivos países.

Cuenta Donald Trump en su libro, Think Big, la espectacular influencia en su vida del genio jurídico de Roy Cohn. Piensen en los antecedentes de un “orientador” que se distinguió por su membrecía en el comité de actividades anti-americanas, su virulento ataque a los derechos de las minorías y homosexuales que, por esas ironías del destino, murió de SIDA.

Aunque siempre será recordado en la cultura legal anglosajona por enviar a Julius y Ethel Rosenberg a los pasillos de la muerte, bajo la acusación de pasarle información a los soviéticos.

La interpretación extraña que caracteriza un segmento importante de los profesionales del derecho reside en, falsamente entender, que el sentido de defensa excluye una valoración ética respecto de los casos que asumen.

Es innegable que todo imputado y/o causa requiere del servicio de un abogado. Ahora bien, deslindar la asistencia jurídica de valores esenciales siempre será materia de múltiples interpretaciones y pieza de análisis. Un genio del cine, Taylor Hackford, en su película El Abogado del Diablo coloca en contexto la versatilidad de Kevin Lomax de conducir su carrera en una oficina orientada por Satanás, y su desconocida ruta hacia el infierno.

Gente que se reputa de genio, anclado en el ejercicio del derecho, presumen que poseen licencias para burlarse del resto de la ciudadanía. Por eso, impulsan toda clase de combinaciones truculentas para que los vientos del poder sirvan de garantes al desarrollo de un sentido del éxito que no guarda relación con valores y criterios de honestidad, sino que descansan en reptar en la proximidad de los gobernantes de turno.

De ahí su temor al destape de contratas, igualas, asesorías y genial componte de “gratuidad”, tendente al disimulo de rentabilidades indecorosas, orquestadas bajo un secretismo que se convierte en índice acusador desde el momento que la voluntad popular cambia los inquilinos del Palacio Nacional.

Y comenzamos a “entender” las gárgaras argumentales para extensión del período presidencial, posposición del proceso electoral, vocería de poderosos ministros y enfermiza defensa de potenciales acusados de corrupción administrativa. Nada gratis, chicos.

Así andan, degradados, silenciosos ante el destape y buscándosela para que llegue un “papá que los proteja”. Temerosos de que lo que se presumía en tiempos de campaña y que el poder silenciaba, termine en manos de todos.

Lastimosamente, las nóminas de Banco de Reservas, OISOE, EDESUR, EDENORTE, Cancillería, Aduanas, Presidencia, Procuraduría, Departamento Aeroportuario y tantas oficinas públicas, retratan su enanismo.

¡Oh, el libre acceso a la información pública que desentraña perversidades!

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