Ivelisse Prats Ramírez de Pérez: de las aulas a la política

Por: Patricia Soto

“A un hombre le pueden robar todo, menos una cosa, la última de las libertades del ser humano, la elección de su propia actitud ante cualquier tipo de circunstancias (…)”.  Víctor Frankl.

Veía mi reloj marcar las diez. Me encontraba sentada en el instituto de formación política Dr. José Francisco Peña Gómez a la espera de que llegara el momento del encuentro, mientras tanto, estaba abstraída con aquellas fotos que retrataban los momentos históricos del trajinar político del extinto líder de masas José Francisco Peña Gómez. Tras una larga espera, logré escuchar aproximarse una voz entrecortada y ronca, producto de una vida al servicio de la enseñanza. Era finalmente ella, Ivelisse Prats Ramírez. Dicen que la primera impresión vale mucho, en ese instante lo constaté. Era la primera vez que tenía el privilegio de verla cara a cara y debo de confesar que me impactó la manera como convergían en ella lo señoril y lo práctico al portar una vestimenta formal y unos tenis como calzado.

Con tono muy cortés me dio la bienvenida. Debía partir a una reunión primero, no sin antes anunciarme que publicaría esa misma tarde un artículo sobre el lenguaje sexista. Advirtiendo de inmediato que no era una feminista, pero que era un ser humano que deseaba los mismos derechos que el hombre ha tenido de imponer su género. Justo ahí; confirmé que la espera, aunque larga, valdría la pena.

El momento de abordarla finalmente había llegado. Admito que hubo una conexión instantánea que me permitió adentrarme en su historia personal e intimidades, logrando conocer aquellos aspectos de su vida que incidieron, precisamente, en su paso de “las aulas a la política”. Esta es su vida, marcada de decisiones y experiencias que la han conducido a dejar sus huellas en la educación e historia política de la República Dominicana.

Hija única del matrimonio entre Francisco Prats Ramírez y Consuelo Martínez; Ivelisse Prats-Ramírez, nació el 23 de julio de 1931 en la ciudad de Santo Domingo. Creció en un hogar intensamente intelectual en el que se daban cita los mejores de la época, en tertulias vespertinas diarias y a la que asistían incluso españoles refugiados de la guerra civil de esa nación y que encontraron en esta media isla, una especie de refugio. Justo ahí conoció a Montse Bragurrea, profesor que revolucionó las matemáticas en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), así como a los abuelos de Roberto Cassá, actual director del Archivo General de la Nación; y a Virgilio Díaz Ordoñez (mejor conocido como Ligio Vizardi), poeta romántico dominicano y otros de igual crédito.

Su devoción era la literatura, de ahí que su sueño de niña era ser poeta, creando por ello el seudónimo “Sandra Cantilo”. Su padre fue alto funcionario de la Era de Trujillo y ocupó el cargo de director del El Caribe, periódico oficial del gobierno para la época; en su hogar, Ivelisse vivía otro ambiente, uno en el que se criticaba fuertemente a la tiranía y junto con otros intelectuales, a quienes describió como personas progresistas, se constituyeron en opositores del gobierno. Fueron ellos los fundadores de la sociedad cultural el Paladeom.

Como reacción a aquel intenso en torno de ideologías y críticas, a los 8 años ya estaba componiendo sus primeros versos en contra de Rafael Leónidas Trujillo, y así rimaba: “General de la sangre, de la sangre y la muerte, General que no tienes en tu haber ningún bien, General de la sangre Trujillo, quién pudiera clavarte por la espalda filado puñal”.

Contra todo pronóstico médico, logra llegar a la adolescencia, a pesar de los quebrantos de salud a lo largo de su niñez. Obtiene la medalla de oro que daba el grado 33 amazónico para la mejor estudiante de la promoción. Y a la edad de 17 años, Ivelisse contrae matrimonio, de cuya unión nacieron sus primeros cinco hijos.

A pesar de no proceder de una familia con una tradición en el magisterio, decide incursionar como educadora, logrando ocupar la vacante como profesora en el Instituto de Señoritas Salomé Ureña, lugar en el que había realizado sus estudios secundarios. Para Ivelisse el magisterio fue un enamoramiento repentino, pero una vez inscrita en la facultad de Derecho, siendo su opción por ser lo más próximo en la época a las humanidades, lo consideró más bien como un puente para graduarse de abogada. Sin embargo, la vida le deparaba otros planes, cambiando su rumbo hacia otro destino: la de ser maestra y política de formación.

Un día trabajando en el aula empezó a notar que algunas de sus noveles estudiantes se desmayaban. Las veía lánguidas, sin deseos de poner atención. Tratando de investigar la causa detrás de aquel fenómeno, toma la osadía de preguntarle a una de sus alumnas la razón de su debilidad, a lo que esta le contestó que era por no haber comido. Una respuesta lastimera que caló hondo en los mobles sentimientos de la maestra.

Ivelisse describió aquella escena como un despertar, un abrir de ojos, al confrontarse con una realidad que desconocía por provenir de una familia de clase media en la que le proveían todo. Aquella realidad desconocida era justo el drama de la miseria, desnutrición, explotación y exclusión social, y saber abrupto de que existían personas que no contaban con recursos suficientes para subsistir dignamente.

Con una gran sensibilidad social y bajo “el instinto de la estadística”, como ella misma lo denominó, concluye que podía llevarle un pan a aquella estudiante, pero que, así como ella, se encontraban otras en las mismas condiciones. Fue precisamente este ejercicio de reflexión lo que hace surgir en ella un interés por la política, vislumbrando en esta, un canal para transformar aquella realidad social que la estremecía. Había germinado en ella la semilla del instinto de servicio, “de sentir lo colectivo sobre lo individual”. Por ello, decide inscribirse en la Unión Cívica Nacional, un movimiento ciudadano creado inmediatamente tras el ajusticiamiento de Trujillo. No obstante, su padre le advierte que este movimiento era “un quítate tú para ponerme yo”. Por lo que, su afán por formar parte de la política para ser agente de cambio en el que más jóvenes no fueran víctimas de la miseria, tendría que esperar.

Con la llegada al país del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), el 5 de julio de 1961, Carmen Miolán (Nina), hija de Ángel Miolán, uno de los dirigentes de la comisión del PRD, quien había sido alumna y amiga suya, la motivó a dar el paso y militar dentro del incipiente partido. Las circunstancias habían jugado a su favor y el 26 de julio de 1961 logra inscribirse en dicha institución.

Una vez dentro, recibe clases en Tribuna Democrática a cargo del profesor Juan Bosch, sirviendo estas cátedras para despojarse de las loas dejadas por la tiranía de Trujillo, pero también de formación política. En una de esas clases entra en contacto con el cuento Los Amos del Profesor, como todos le decían y fruto de esta lectura decide convertirse a izquierda moderada. Juan Bosch despertó en Ivelisse el apetito e imprimió ese sello que nunca ha desechado, de que “la política va de mano cogida con la ética”. De su maestro recuerda su moralidad exacerbada, pero de este reconoce que nunca pudo adecuarse a la realidad dominicana.

A la caída del gobierno de Bosch en 1963, fue cancelada del Instituto de Señoritas Salomé Ureña. Ivelisse Prats Ramírez es una muestra palpable de lo que el autor Víctor Frankl hacía referencia en su obra “El hombre en busca de sentido”, de que “a un hombre le pueden robar todo, menos una cosa, la última de las libertades del ser humano, la elección de su propia actitud ante cualquier tipo de circunstancias (…)”.

Madre soltera y sin trabajo, no cedió a sus convicciones políticas, lo que le costó tuberculizarse, al verse en la necesidad de impartir clases en la calle para proveer el sustento necesario a sus 5 hijos, teniendo el menor de todos apenas 1 mes de nacido, además de su padre quien vivía con ella.

En un momento de desliz estuvo al borde de abandonar su fe en la educación, cosa que, para bien de estas generaciones, no ocurrió. En 1963 ingresa como docente en la Universidad Autónoma de Santo Domingo y en 1964 obtiene su licenciatura en educación de la misma universidad. No fueron hasta años más tarde que contrajo nuevamente matrimonio con el abogado y periodista dominicano Mario Emilio Pérez, con quien procreó un hijo.

Desde 1961 hasta 1973, Ivelisse nunca llegó a ser dirigente del partido del que ella misma confesó sentirse fundadora por haber sido de las primeras inscritas, permaneciendo durante doce años como una simple militante dentro de las filas del PRD. En 1970 fungió como representante de los profesores perredeístas en la fundación de la Asociación Dominicana de Profesores (ADP), y tres años más tarde se convierte en miembro del Comité Ejecutivo Nacional del PRD, siendo a su vez miembro de la Comisión Política de este y directora del Departamento Nacional de Educación del mismo.

En 1978 fue nombrada directora de la primera escuela de cuadros de su partido, auspiciada por la Fundación Friedich Ebert. Ese mismo año fue electa diputada por el Distrito Nacional, cargo que desempeñó hasta 1982. En 1979 asumió el reto de presidir el Comité Ejecutivo Nacional del PRD hasta 1981, siendo la primera mujer en el país y en toda Latinoamérica en ser presidenta de un partido político.

En 1982 decidió renunciar tras su nombramiento como ministra de educación. En el 1987 fue designada directora del Departamento de Asuntos Culturales y Magisteriales del PRD y un año más tarde asumió nuevamente la dirección del Departamento de Educación.

Tras los comicios de 1994, Ivelisse fue electa regidora del Distrito Nacional. Dos años más tarde asumió la Secretaría Nacional de Educación y Doctrina, y en 1998 es electa diputada del PRD por el Distrito Nacional.

Múltiples fueron los éxitos en su trajinar político, pero para Ivelisse se trata de méritos personales que, durante 57 años de política, jamás se sobrepondrán a lo que considera su mayor orgullo y conquista: la creación del Seguro Médico para Maestros en 1984, sin que hubiera apenas seguridad social en el país. Una noble motivación que surgió tras haber visto a una maestra hipotecar el anillo de boda para realización de procedimiento quirúrgico de parto una “cesárea”.

Cincuenta y siete años atrás, pensó que con la política lograría hacer más en beneficio de las personas, pero hoy, tras 67 años de haberse iniciado en el magisterio, discurre que ha impactado más vidas desde las aulas que desde los espacios políticos que le ha tocado dirigir. Para ella, “la educación no cambia las cosas, sino que forma a las personas que pueden luego intervenir positivamente en que las cosas cambien”.

En una mirada retrospectiva, el paso de las aulas a la política era su destino, sin perder de vista su misión de educadora. Ivelisse Prats-Ramírez es símbolo de probidad, resiliencia, perseverancia, intelectualidad y respeto, quien, aun tras haber perdido su hacho, su himno y su historia, no ha perdido su fe en aquello que ha dedicado más de medio siglo de vida: la política.

Conclusión

En definitiva, el presente trabajo consistió en una semblanza sobre la vida de Ivelisse Prats y su paso de las aulas a la política. Preservando la línea informativa que caracteriza al reportaje, se encuentran rasgos de la opinión.

La semblanza puede hacerse de múltiples formas, ya sea, como breve relato, reseña, etc. En concreto, la realización de un reportaje implica una etapa de investigación previa y de recopilación de datos, así como de la formulación de un esquema que sirva de guía para la estructuración de las ideas surgidas.

Existe una línea entre lo informativo y lo interpretativo que puede constituir un reportaje, contribuyendo a enriquecer el escrito.